Y salen Murguer Queen, que aparecen en escena sin que uno tenga claro si vienen de murga o de célula terrorista: cinturones bomba, detonadores, cara de pocos amigos… Este año las Murguer son la bomba. Literal.
Primer pasodoble para Belén, la educadora social asesinada el año pasado. Aquí no hay duda: pasodoble emotivo, bien cantado y con el respeto que exige el tema. Silencio de los que pesan.
El segundo, para Francis Escudero, que ante el descanso de Pa 4 días se ha plantado en el escenario, en el año de su adios al Carnaval de grupos. para acompañar con la guitarra a la murga de su hija. Eso sí que es un premio, y no los diplomas plastificados. Francis es carnavalero de pata negra, de los que no necesitan presentación, y el teatro lo sabe: ovación de las que no se regatean.
En los cuplés, el primero para Chiqui Mendoza, el segundo para la colección de cromos del Carnaval. Funcionan. Risas, aplausos y sensación de que el público está dentro del código.
El popurrí arranca con una visión del Carnaval más negra que una peluca sudada: “cada día está más muerto”. Mensaje recurrente, pero bien hilado. Buen golpe con el “Bienvenidos” de Miguel Ríos para repartir estopa al jurado, al concejal de Ferias y Fiestas y al que se ponga a tiro. Aquí las Murguer no piden perdón.
Sale la bomba de King África para recordarnos que Trump, Israel y medio planeta lanzan bombas… y el resto del mundo mira con los brazos cruzados.
Pequeña parada técnica para hidratarse —que cantar con explosivos da sed— y recta final. En la despedida, “Carnaval, cuánto te quiero”, donde matizan esa visión apocalíptica del principio y dejan claro que, aunque protesten, la fiesta la llevan en vena.
Conclusión, sin anestesia: mejoran respecto a años anteriores, se nota el trabajo y el escenario no les pesa. No reinventan el Carnaval, pero tampoco vienen a perder el tiempo.